Tras una revuelta juvenil que derribó al gobierno anterior, Nepal celebró elecciones en las que una fuerza impulsada por la Generación Z obtuvo una victoria contundente, con cerca del 10% de los legisladores electos menores de 30 años y un nuevo liderazgo que promete romper con décadas de estancamiento político, clientelismo y emigración masiva.
El caso nepalí importa porque condensa una tendencia global: jóvenes movilizados por frustración económica, crisis institucional y hartazgo con élites tradicionales logran convertir protesta en representación formal, aunque ahora enfrentan el desafío más difícil, que es gobernar con resultados tangibles. El entusiasmo ciudadano convive con una enorme presión, porque la legitimidad de estos nuevos actores dependerá de empleo, servicios y capacidad de reducir la necesidad de migrar por falta de oportunidades.
Para un país como el Perú, donde la desconfianza hacia partidos y élites también es alta, Nepal recuerda que el recambio generacional puede convertirse en fuerza política real; pero también advierte que la narrativa antisistema no basta si no se traduce en gestión, reformas e institucionalidad.








