En pleno bombardeo, Irán nombró como nuevo Líder Supremo a Mojtaba Khamenei, hijo del líder asesinado Ali Khamenei, mediante decisión de la Asamblea de Expertos, consolidando un modelo de sucesión hereditaria y reforzando el poder del ala más dura vinculada a la Guardia Revolucionaria.
La campaña aérea de EE. UU. e Israel ha seguido una estrategia de “decapitación” política y militar, destruyendo centros de mando, depósitos de misiles, refinerías e incluso dañando sitios culturales como el Palacio de Golestán, a la vez que provoca víctimas civiles numerosas.
Trump ha exigido la “rendición incondicional” de Irán y ha llegado a decir que EE. UU. debería influir directamente en la elección del líder, mientras Teherán responde que no aceptará injerencias y advierte que los ataques a su infraestructura crean un precedente peligroso.
Analistas apuntan a que la guerra está consumiendo rápidamente misiles de alta gama y sistemas de defensa que EE. UU. también necesita para disuadir a China en Asia, planteando el problema de la “oportunidad estratégica” entre frentes (Medio Oriente vs. Indo–Pacífico).
Desde la óptica del derecho internacional y de la política exterior peruana, el caso plantea debates sobre legalidad del uso de la fuerza sin mandato del Consejo de Seguridad, riesgos de escalada regional, y efectos colaterales sobre seguridad económica global.









