La administración Trump lanzó la operación contra Irán sin consulta previa sustantiva con sus aliados europeos, y ahora busca acceso ampliado a bases aéreas y apoyo logístico, mientras critica a países que no ofrecen respaldo “total”, como España, y compara negativamente a Europa con la era de Churchill.
Europa ha reaccionado con prudencia: Francia, Italia y otros refuerzan defensas y despliegan activos en la región para proteger bases y socios, pero evitan sumarse a los bombardeos y se concentran en contener efectos económicos (energía, comercio) y humanitarios.
El conflicto llega cuando la UE ya estaba lidiando con la transición energética, la pérdida de gas ruso y el encarecimiento de la vida; ahora un petróleo por encima de 100 y un posible racionamiento de gas natural licuado reavivan temores de inflación, recesión y contestación social.
Al mismo tiempo, el caso reabre tensiones transatlánticas sobre liderazgo, consultas y reparto de cargas (“burden sharing”), alimentando debates internos en Europa sobre autonomía estratégica frente a Estados Unidos.
En términos de IR, la situación ofrece un ejemplo vivo del dilema de aliados: mantener credibilidad en la OTAN y con Washington sin quedar arrastrados a una guerra poco popular y de legalidad discutible, escenario relevante para el estudio de alianzas asimétricas.









