Mientras los misiles vuelan sobre el Golfo, la disputa por el control de la inteligencia artificial y la narrativa global no se detiene: Disney acaba de ver caer un acuerdo de 1.000 millones de dólares con OpenAI después de que la empresa cancelara abruptamente Sora, su herramienta de video generativo, apenas 30 minutos después de una reunión de trabajo, ilustrando lo volátil que se ha vuelto la estrategia de las grandes tecnológicas, que ahora priorizan herramientas de código y clientes corporativos ante el costo computacional de modelos de video masivo. Al mismo tiempo, fondos soberanos del Golfo como ADIA y Aramco Ventures están cosechando ganancias extraordinarias en el mercado de IA chino: una inversión de 65 millones en MiniMax vale hoy más de 400 millones y otra de unos 30 millones en Zhipu ronda también los 415 millones, poniendo de relieve cómo la región, pese a la guerra, sigue apostando fuerte por la tecnología como vía de diversificación lejos del crudo.

En paralelo, la propia industria tecnológica es víctima del shock energético: la reparación de infraestructuras como Ras Laffan en Qatar podría costar más de 25.000 millones de dólares y tomar hasta cinco años, mientras expertos advierten de que los centros de datos para IA, extremadamente intensivos en energía, son vulnerables a cortes, racionamientos y cambios regulatorios en tarifas, lo que reabre la conversación sobre eficiencia, energías renovables y localización de servidores. Desde el ángulo ambiental, economistas del clima señalan que las primeras dos semanas de guerra liberaron más de 5 millones de toneladas de CO₂ —más que todo lo que emite Islandia en un año—, sin contar el metano liberado por ataques a instalaciones de gas, y que el verdadero costo climático se medirá en décadas de eventos extremos agravados en los mismos países que hoy sufren la guerra y la crisis energética. A la vez, la guerra está disparando la demanda de drones y sistemas antidrones: Ucrania, convertida en “Silicon Valley” de vehículos no tripulados por necesidad, recibe ahora cientos de consultas de países del Golfo para comprar interceptores capaces de derribar drones tipo Shahed, y ya ha enviado unos 200 especialistas a la región, mientras el propio presidente Zelenski define los drones como “el petróleo” de su país, es decir, su principal activo estratégico exportable.

Proyección para el Perú: la tormenta combinada de guerra, IA y clima es una llamada de atención estratégica: por un lado, la disrupción energética encarece la electricidad y los datos a nivel global, pero también acelera la inversión en renovables, almacenamiento y eficiencia en la que el Perú podría participar como proveedor de cobre, plata y potencialmente litio, y como hub de servicios digitales si desarrolla una infraestructura energética estable y limpia. Por otro lado, el auge de la IA y los estándares globales asociados (privacidad, ética, ciberseguridad) significa que el Perú no puede quedarse al margen de las discusiones internacionales: un marco regulatorio moderno de datos e IA, alianzas con universidades y empresas tecnológicas, y políticas para formar talento bilingüe y digital son claves para que profesionales y empresas peruanas se inserten en cadenas de valor tecnológicas en lugar de limitarse a ser consumidores pasivos de soluciones importadas, al tiempo que se aprovecha la diplomacia cultural y creativa —cine, música, contenido digital— para proyectar una narrativa propia en un mundo donde el control de la información y la imagen es cada vez más geopolítico.

Google search engine

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí