El conflicto EE. UU.–Israel–Irán ha elevado el Brent hacia 82–84 dólares y disparado el gas europeo cerca de 50% en pocos días, reeditando temores de estanflación (inflación alta con crecimiento débil), especialmente en Europa y Asia. En América Latina, grandes exportadores de energía y alimentos como Brasil y México se benefician por mejores términos de intercambio, pero enfrentan menores volúmenes si las economías avanzadas se desaceleran. El FMI y agencias de rating señalan que los emergentes llegan a este shock con espacio fiscal limitado tras la pandemia, lo que reduce margen para subsidios masivos a combustibles.

La región vuelve a un escenario clásico de “ganadores y perdedores” según su matriz productiva: exportadores de hidrocarburos y granos ganan precio, importadores netos de energía quedan expuestos a mayor inflación y tensiones sociales. Al mismo tiempo, la fragmentación del comercio global y los nuevos paquetes industriales en EE. UU. y la UE obligan a América Latina a definir estrategias claras de inserción en cadenas de valor y de seguridad energética.

Proyección para el Perú:

  • Como importador neto de combustibles pero gran exportador de metales, el Perú sufre por energía más cara, pero puede beneficiarse por mayor demanda de cobre y oro como refugio.

  • Un entorno externo más volátil exige prudencia fiscal y monetaria, refuerzo de la credibilidad del BCRP y una política exterior económica activa para defender acceso a mercados y atraer inversión productiva de largo plazo.

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