En paralelo a la campaña contra Irán, Israel ha intensificado sus operaciones en el sur del Líbano: incursiones terrestres “de tanteo” con carros de combate Merkava, infantería y blindados ligeros avanzan kilómetros dentro de territorio libanés para probar la resistencia de Hezbollah, mientras la aviación convierte barrios enteros de Beirut –especialmente su bastión chií– en ruinas que sirven de trincheras a los combatientes del Partido de Dios. El ministro de Defensa israelí advierte que, si Hezbollah no se rinde y entrega sus armas, Israel está dispuesto a “tomar territorio”, transformando toda la franja hasta el río Litani en una zona deshabitada que funcione como colchón de seguridad, lo que supondría amputar alrededor de un 5% del territorio libanés y provocar un desastre humanitario aún mayor que el actual, con cientos de miles de desplazados adicionales y destrucción de infraestructuras críticas. Cinco miembros del G7 –Canadá, Francia, Alemania, Italia y el Reino Unido– han suscrito una declaración conjunta que condena la decisión de Hezbollah de sumarse a las hostilidades junto a Irán, pero también avisa a Israel de que una ofensiva terrestre significativa “tendría consecuencias humanitarias devastadoras y podría arrastrar a un conflicto prolongado”, pidiendo cumplimiento integral de la Resolución 1701 de la ONU y respaldando al gobierno libanés en sus esfuerzos por desarmar a la milicia. La misión de paz de la ONU (UNIFIL), comandada hoy por un general italiano y con fuerte presencia de tropas de Italia, España y otros países europeos, se encuentra en una situación extremadamente delicada: sus bases han recibido impactos de fragmentos de misiles, algunos peacekeepers han resultado heridos y el mandato no ha sido renovado aún, pero su retirada crearía un vacío de seguridad que podría acelerar la escalada. Para el Perú, una guerra abierta Israel–Hezbollah prolongada significa más tensión en mercados de energía y un refuerzo de la percepción de que Oriente Medio es una “zona de riesgo estructural”, lo que puede tener efectos mixtos: por un lado, prolongaría la prima de riesgo en el petróleo y el gas, empujando hacia arriba costos de combustibles e insumos importados; por otro, fortalecería el caso de diversificar cadenas de suministro y fuentes de materias primas hacia regiones relativamente más estables como América Latina, donde el Perú podría capturar más inversión en minería de cobre y en alimentos si logra demostrar estabilidad y capacidad de cumplir contratos; diplomáticamente, el país deberá equilibrar su tradicional apoyo al derecho internacional y a las resoluciones de la ONU con la necesidad de mantener relaciones constructivas tanto con socios occidentales como con países árabes, evitando alineamientos automáticos que limiten su margen estratégico.



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