Antes de la guerra, Irán producía alrededor de 3.5 millones de barriles diarios, exportando la mitad, y en 2025 vendió más crudo que en cualquier año desde 2018, pese a las sanciones, gracias a una red de “flota sombra” que entrega petróleo con descuento a refinerías chinas independientes. Los costos de producción iraníes se sitúan entre 10 y 30 dólares por barril, muy por debajo de los costos de muchos productores de shale en EE. UU., lo que ha permitido a Teherán mantener volúmenes relevantes aun bajo presión sancionadora. El conflicto actual y las operaciones militares contra infraestructuras energéticas del Golfo, incluida Irán, ponen en riesgo tanto la capacidad de producción como la logística de exportación del país. Escenarios elaborados por consultoras como Rystad Energy apuntan a que, de continuar la guerra y las sanciones, la producción iraní podría caer a 2.6 millones de barriles diarios hacia mediados de año, lo que restaría oferta estructural al mercado. En un escenario contrario de cambio de régimen o acuerdo diplomático que levante sanciones, los modelos sugieren que Irán podría aumentar su producción en más de 1 millón de barriles diarios para 2027, convirtiéndose en un factor desinflacionario clave para los precios del crudo. Mientras tanto, el shock actual ha acelerado la búsqueda de proveedores alternativos por parte de grandes importadores, desde Europa hasta Asia, reforzando el rol de productores como Brasil, Guyana y algunos países africanos. La incapacidad del sistema para absorber rápidamente un shock iraní de gran magnitud pone de relieve la insuficiente inversión en capacidad de reserva y la compleja transición hacia energías renovables.
Irán se sitúa en el centro de un triángulo geopolítico entre China, Rusia y Occidente, donde el petróleo es tanto un instrumento de poder como una vulnerabilidad. A mediano plazo, el desenlace de la guerra determinará si el mercado entra en una fase de “prima de riesgo” persistente, con precios más altos por la posibilidad de interrupciones, o si se abre un ciclo de mayor oferta iraní que modere precios a cambio de un reacomodo político en Teherán. Para China, la dependencia del crudo iraní barato ha sido una forma de reducir costos y diversificar frente a proveedores “políticamente caros”; el conflicto actual le obliga a replantear esa estrategia.
Proyección para el Perú
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Economía peruana: un Irán con menor capacidad de exportación sostiene un nivel de precios del crudo relativamente alto en el tiempo, encareciendo la energía para el Perú; un eventual acuerdo que libere oferta ayudaría a abaratar combustibles en el mediano plazo.
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Comercio exterior: precios altos y volátiles pueden complicar la planificación de costos logísticos para exportadores peruanos; pero también podrían traducirse en mayor inversión en exploración y producción de hidrocarburos en la región andina.
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Precio de commodities: un entorno de petróleo estructuralmente más caro tiende a sostener la rentabilidad de proyectos de cobre y otros metales ligados a la electrificación, rubros donde el Perú es actor clave.
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Política monetaria: la trayectoria de la inflación importada en el Perú dependerá en parte del desenlace iraní; un escenario de normalización de exportaciones ayudaría a bajar expectativas inflacionarias.
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Inversión extranjera: grandes petroleras y fondos podrían redirigir parte del capex previsto para Medio Oriente hacia América Latina, elevando el interés por proyectos de energía y midstream en el país.
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Estabilidad financiera: un mundo con “premio de riesgo geopolítico” permanente en el petróleo refuerza la importancia de diversificar la matriz energética peruana hacia renovables y gas natural doméstico para reducir vulnerabilidad.
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Política exterior económica: el Perú puede aprovechar su posición como productor relevante de cobre y oro para negociar mejores condiciones comerciales y de inversión en un entorno donde la seguridad de suministro de recursos es un tema central en las agendas de las potencias.









