Después de más de un año de relativa contención, el movimiento chií Hezbollah ha decidido cruzar un umbral peligroso al lanzar cohetes y drones contra territorio israelí en respuesta al asesinato del líder supremo iraní, Ali Khamenei, en un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel. La organización, históricamente respaldada por Teherán, se había mostrado prudente desde la devastadora guerra de 2024, cuando perdió a buena parte de su cúpula militar y a su carismático líder Hassan Nasrallah, y quedó severamente golpeada en lo político y lo militar. Sin embargo, la muerte de Khamenei –figura central en la arquitectura de poder de la región– ha actuado como detonante: en un gesto de lealtad hacia su patrocinador iraní, Hezbollah lanzó una ofensiva que ya ha provocado una respuesta masiva de Israel y ha reabierto el escenario de guerra a gran escala en el Líbano.
La decisión de Hezbollah ha generado una ola de indignación dentro del propio Líbano, un país exhausto tras años de crisis financiera, inestabilidad política y destrucción causada por los bombardeos israelíes. Amplios sectores de la población, incluidos antiguos simpatizantes del partido-milicia, consideran que se ha antepuesto la defensa del régimen iraní al interés nacional libanés. El Gobierno, encabezado por el primer ministro Nawaf Salam, dio un paso sin precedentes al exigir públicamente el fin de las actividades militares de Hezbollah y la entrega de sus armas al Estado, una declaración que revela hasta qué punto la paciencia interna se ha agotado. A pesar de ello, la capacidad real del Estado libanés para imponer esa decisión es muy limitada, ya que el partido mantiene una estructura militar autónoma, una base social importante y un historial de desobediencia frente a las instituciones oficiales.
La escalada ha tenido consecuencias inmediatas sobre el terreno: Israel ha intensificado su campaña aérea, atacando más de 50 localidades en el sur y el este del Líbano, así como las zonas periféricas de Beirut que sirven de bastión histórico a Hezbollah. Los bombardeos han causado al menos medio centenar de muertos y han forzado a decenas de miles de personas a abandonar sus hogares para refugiarse en escuelas, mezquitas y otros espacios habilitados como refugios improvisados. En paralelo, el ejército israelí ha consolidado y ampliado su presencia terrestre en una franja del sur libanés, donde ya mantenía varios puestos desde la guerra de 2024, con el objetivo declarado de eliminar la infraestructura militar de Hezbollah y crear una zona de seguridad que aleje la amenaza de su frontera norte.









