La reacción de los mercados financieros a la guerra en Irán y al cierre de Ormuz ha sido contundente: bolsas en Asia, Europa y América sufrieron caídas significativas, mientras se disparaban los precios del petróleo y del gas, aumentaba la aversión al riesgo y el dólar se fortalecía frente a la mayoría de monedas. Índices como el FTSE 100 en Londres registraron su peor jornada en casi un año, el Kospi surcoreano cayó más de 7% y el Nikkei japonés retrocedió con fuerza, reflejando el temor de economías altamente dependientes de las importaciones energéticas. En Estados Unidos, el S&P 500 y el Nasdaq cedieron aproximadamente 1%, con caídas concentradas en sectores como aerolíneas, tecnología y consumo, mientras algunos valores de defensa y energía mostraban resiliencia relativa.
Los mercados de renta fija tampoco quedaron al margen: los rendimientos de los bonos soberanos subieron ante la expectativa de que los bancos centrales podrían mantener las tasas de interés altas por más tiempo si la nueva ola de encarecimiento energético reaviva la inflación. En el Reino Unido, el rendimiento del gilt a dos años superó el 3,8%, y en Estados Unidos, el bono del Tesoro a 10 años se movió alrededor del 4%, señal de una reevaluación de la trayectoria de recortes de tasas que se esperaba para 2026. El dólar, considerado refugio en tiempos de incertidumbre, se apreció frente a monedas emergentes como el real brasileño y el peso chileno, presionando los tipos de cambio de la región.
Analistas han comenzado a hablar nuevamente de un riesgo de “estanflación”: un escenario en el que el crecimiento mundial se desacelera por el golpe a la confianza y a los costos de producción, mientras la inflación repunta impulsada por energía, transporte y alimentos. Esta combinación es especialmente dañina porque reduce el espacio de política monetaria y fiscal: si los bancos centrales recortan tasas demasiado rápido, podrían alimentar presiones inflacionarias; si las mantienen elevadas, podrían agravar la desaceleración y el desempleo.
Para el Perú, como economía abierta e integrada a los mercados de capital, este contexto plantea varios desafíos. Un dólar fuerte encarece el servicio de la deuda externa denominada en esa moneda y puede generar salidas de capitales de mercados emergentes hacia activos considerados más seguros, lo que presiona el tipo de cambio local. A la vez, el aumento de rendimientos globales eleva el costo al que el Tesoro peruano y las empresas pueden emitir bonos en el exterior, encareciendo el financiamiento de proyectos de inversión pública y privada.
La respuesta de política macroeconómica deberá equilibrar la preservación de la estabilidad de precios con el apoyo a la actividad económica, utilizando de forma prudente las reservas internacionales, la flexibilidad cambiaria y los márgenes de deuda pública relativamente bajos que el país ha acumulado. Para un candidato a la carrera diplomática, este entorno ofrece un caso real de cómo shocks geopolíticos se transmiten mediante canales financieros y de comercio, y cómo la coordinación en foros como el FMI, el G-24 o la CEPAL se vuelve crítica para articular respuestas regionales.









