Las calles de Teherán, habitualmente colapsadas por el tráfico, los cafés llenos y la vida nocturna discreta pero intensa, se han transformado en una ciudad silenciosa, marcada por el estruendo intermitente de las explosiones y el sobrevuelo constante de aviones de combate. Desde que comenzaron los ataques masivos de Estados Unidos e Israel contra infraestructuras militares y de poder del régimen iraní, la capital ha sufrido repetidos bombardeos que han alcanzado tanto objetivos estratégicos como edificios cercanos a zonas residenciales. Instituciones simbólicas del régimen –como sedes de la radiotelevisión estatal, ministerios y comisarías– han sido blanco de misiles y bombas, pero la onda expansiva ha dañado hospitales, escuelas y viviendas colindantes, dejando un paisaje de fachadas destrozadas, cristales rotos y barrios enteros traumatizados.
La población civil se encuentra atrapada en una situación de extrema vulnerabilidad: con Internet frecuentemente cortado o severamente restringido, la información llega a cuentagotas y la mayoría de los avisos de evacuación difundidos por las fuerzas israelíes no alcanzan a los habitantes, que dependen de rumores, llamadas telefónicas y redes privadas para saber qué zonas evitar. Organismos como el Croissant Rojo iraní cifran en más de 500 los muertos en todo el país, aunque organizaciones de derechos humanos elevan la cifra de civiles a más de 700, incluidos decenas de menores. La falta de refugios preparados –a pesar de que Irán ya vivió una “guerra de doce días” en 2025– obliga a las familias a improvisar: colocan cintas adhesivas en las ventanas, identifican las habitaciones más seguras de la casa y preparan mochilas para salir huyendo si su barrio se convierte en objetivo.
El impacto emocional se suma a un contexto socioeconómico ya crítico antes de la guerra. Irán arrastraba una inflación cercana al 60%, un desempleo elevado y un profundo descontento social por la represión de las protestas de enero, que dejaron miles de muertos según ONG independientes. Ahora, muchos ciudadanos ven cómo sus viviendas quedan inhabitables en cuestión de segundos, sus negocios se destruyen o su única fuente de ingresos desaparece bajo los escombros. El golpe al patrimonio cultural –como los daños en el histórico palacio de Golestán, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco– alimenta la percepción de que no solo se ataca a un régimen, sino también a una civilización con siglos de historia. En este clima, el sentimiento de miedo se mezcla con la rabia, la fatiga y una pregunta recurrente entre los iraníes: qué quedará del país cuando termine la guerra.









