El reciente aumento del precio del petróleo y la gasolina, impulsado por la guerra con Irán, ha complicado el panorama para la Reserva Federal, el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Inglaterra (BoE), que ahora enfrentan la posibilidad de tener que mantener tasas elevadas durante más tiempo para contener una nueva ola inflacionaria. En EE. UU., los mercados pasaron de anticipar dos recortes de tasas este año a descontar sólo uno, e incluso asignan una probabilidad creciente a que no haya recortes en absoluto, a medida que los futuros de inflación a 12 meses repuntan hacia el 2.9%. En Europa, los derivados de tipos de interés muestran que los inversores ya incorporan casi dos subidas de un cuarto de punto del BCE para este año, en contraste con las expectativas previas de tasas estables. El BoE, que hasta antes del conflicto en Irán enfrentaba presiones para recortar tipos debido a la debilidad del crecimiento británico, ahora ve cómo los mercados pasan de descontar recortes a anticipar al menos una subida hacia fin de año. El problema es que la energía tiene un peso mayor en el IPC que en el índice de gasto en consumo personal (PCE) usado por la Fed, por lo que el shock petrolero podría llevar al IPC a divergir al alza respecto al PCE, complicando la comunicación de política monetaria. Además, la brecha entre inflación “headline” y subyacente se amplía, mientras los componentes de servicios, particularmente en salud y alquileres imputados, muestran rigidez a la baja. El resultado es un escenario típico de estanflación potencial: crecimiento débil y desempleo al alza, pero inflación que se resiste a converger de forma sostenida a la meta del 2%.

El shock de petróleo por la guerra en Irán llega en un momento en que las principales economías aún no han consolidado la salida del ciclo inflacionario postpandemia y post-Ucrania, por lo que el margen de maniobra de los bancos centrales es limitado. Un endurecimiento adicional de la política monetaria para combatir inflación importada podría agravar las tensiones sociales y políticas, especialmente en Europa, donde el costo de vida ya es un factor clave en la polarización política. Si, por el contrario, los bancos centrales optan por “mirar a través” del shock energético y no reaccionar, corren el riesgo de anclar expectativas de inflación más altas durante varios años.

Proyección para el Perú

  • Economía peruana: mayores tasas globales prolongan la fase de condiciones financieras restrictivas, encareciendo el acceso a crédito externo para el sector público y privado peruano.

  • Comercio exterior: un crecimiento más lento de EE. UU. y Europa podría moderar la demanda por exportaciones no tradicionales peruanas (textiles, agroindustria), aunque la demanda por metales puede mantenerse relativamente firme por la transición energética.

  • Precio de commodities: en un escenario de estanflación, los metales preciosos como el oro tienden a apreciarse como refugio, lo que beneficiaría a la minería aurífera peruana.

  • Política monetaria: el BCRP tendrá que equilibrar la necesidad de apoyar el crecimiento doméstico con la de mantener diferenciales de tasa suficientes para evitar salidas de capital y presiones cambiarias.

  • Inversión extranjera: la aversión al riesgo asociada a un entorno de estanflación global puede retrasar decisiones de inversión greenfield, pero también aumentar el atractivo relativo de activos reales ligados a recursos naturales.

  • Estabilidad financiera: spreads soberanos de economías emergentes podrían ampliarse, lo que aconseja prudencia fiscal para evitar deterioros de calificación crediticia.

  • Política exterior económica: el Perú puede posicionarse en foros regionales y multilaterales como un actor pro estabilidad macro, defendiendo marcos de metas de inflación creíbles y reglas fiscales prudentes como anclas frente a shocks externos.

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