En Europa, el CEO de Shell, Wael Sawan, ha advertido que, si el Estrecho de Ormuz no se reabre, Europa podría sufrir escasez de combustibles a partir de abril‑mayo: el queroseno ya ha duplicado su precio desde el inicio de la guerra y el diésel se perfila como el siguiente cuello de botella, tras un shock que golpeó primero a Asia y se está desplazando hacia el corazón industrial europeo. Alemania reconoce que el cierre nuclear fue “un enorme error” y acelera importaciones de gas natural licuado, mientras BlackRock calcula que un petróleo estable por encima de 150 dólares empujaría al mundo a una recesión profunda y prolongada, y encuestas del British Retail Consortium muestran un desplome de la confianza del consumidor británico desde –20 a –53 en un mes, con hogares temiendo otra ola inflacionaria. Al mismo tiempo, el conflicto está siendo instrumentalizado en la batalla política sobre el “net zero”: partidos como Reform UK y sectores conservadores en Reino Unido intentan culpar a la transición energética del alza de costos y presentan más perforación en el mar del Norte como solución, pese a que estudios muestran que la expansión de renovables baja facturas y reduce vulnerabilidad ante shocks externos.
La tensión entre seguridad energética inmediata y objetivos climáticos a 2050 empieza a recordar la dinámica de polarización del Brexit: actores como Nigel Farage buscan convertir el clima en la nueva grieta nacional, mientras la mayoría social aún apoya la acción climática pero ve el costo de vida como prioridad número uno, y gobiernos como el de Keir Starmer muestran ambivalencias al combinar discurso verde con señales de flexibilidad hacia la industria fósil. Desde la perspectiva de diplomacia económica, esto obligará a la Unión Europea a redoblar su estrategia de “trilema” energía‑clima‑seguridad: más contratos de GNL con EE.UU. y África, más interconexiones internas, más hidrógeno verde importado desde el Golfo y el norte de África, y más inversión en eficiencia, al tiempo que intenta mantener su agenda de estándares verdes (CBAM, taxonomía) sin perder competitividad.
Proyección para el Perú: un petróleo caro y una Europa en riesgo de recesión pero comprometida con la descarbonización crea un escenario mixto para el país: por un lado, puede debilitar temporalmente demanda de ciertos productos industriales; por otro, consolida la urgencia europea de asegurar suministro a largo plazo de minerales críticos (cobre, zinc, plata) y de agroexportaciones confiables, lo que convierte al Perú en socio estratégico si ofrece estabilidad, trazabilidad ambiental y acuerdos comerciales bien gestionados. Empresas peruanas exportadoras hacia la UE deberán anticipar posibles ajustes regulatorios (huella de carbono, CBAM, estándares laborales y ambientales) y aprovechar esta coyuntura para posicionarse como proveedores “seguros y sostenibles” en un momento en que Europa busca reducir exposición a riesgos geopolíticos en Rusia, Medio Oriente y, crecientemente, China; al mismo tiempo, el país puede explorar con Bruselas y Estados miembros proyectos conjuntos de hidrógeno verde, litio y cadenas de valor de cobre bajo estándares europeos.









