La guerra EE. UU.–Israel contra Irán ha provocado la peor disrupción en el Estrecho de Ormuz desde los años 70, con más de 1.000 buques esperando y tráfico de petroleros casi paralizado, afectando cerca del 20% del suministro mundial de petróleo y GNL.
Productores como Irak, Kuwait y EAU están reduciendo producción porque sus tanques de almacenamiento se llenan, y Arabia Saudita desvía parte de su crudo vía oleoductos al Mar Rojo, que no puede compensar los volúmenes perdidos.​
El crudo WTI superó los 100 dólares por barril, con una subida semanal de 36%, y el Brent rebasó los 90–100 dólares, mientras la gasolina en EE. UU. subió 40–50 centavos por galón en pocos días y los analistas advierten que podría alcanzar niveles de 150 si Ormuz permanece cerrado semanas.
Históricamente choques similares (embargo árabe de 1973, revolución iraní de 1979, guerra Irán-Irak, invasión rusa a Ucrania) han disparado inflación y provocado recesiones en economías importadoras, aunque hoy el peso del petróleo en el PIB es menor y EE. UU. es exportador neto.​
Para Perú, importador neto de combustibles, un shock así implica deterioro de la balanza comercial, presión inflacionaria en combustible y alimentos, y condiciones financieras globales más restrictivas, reavivando el debate sobre diversificación energética y reservas internacionales.

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