En Estados Unidos, más de 200 millones de personas están bajo algún tipo de alerta climática: mientras un poderoso sistema frontal deja blizzards con hasta 60 centímetros de nieve en Michigan y Wisconsin, tornados y vientos destructivos en el sureste y lluvias torrenciales en Hawái, el suroeste soporta una ola de calor con temperaturas que superan los 40 grados y California vive un “verano adelantado” con máximas cercanas a 90 °F en San Francisco y Sacramento, una simultaneidad de extremos que los servicios meteorológicos ya consideran extraordinaria. Estos eventos, consistentes con los patrones esperados de un clima más caliente y cargado de energía, saturan redes eléctricas, dañan infraestructura, elevan costes de seguros, afectan cosechas y salud pública y obligan a ciudades, empresas y hogares a gastar más en adaptación (desde reforzar techos hasta actualizar drenajes), al tiempo que aumentan las emisiones asociadas a la respuesta (más uso de aire acondicionado, generadores diésel, reconstrucciones) si no se acompaña con inversiones en eficiencia y energía limpia. Para el Perú, los extremos que hoy se ven en Norteamérica son un espejo adelantado de lo que puede intensificarse en la región andina y la costa: lluvias desbordadas, olas de calor en ciudades usualmente templadas, deshielo acelerado de glaciares y presión sobre agricultura y pesca, por lo que el país debe leer estas señales como un llamado urgente a acelerar su agenda de adaptación (infraestructura resiliente, gestión de cuencas, seguros agrícolas), de transición energética y de ordenamiento territorial, entendiendo que la estabilidad macroeconómica futura dependerá tanto de cómo se manejen choques climáticos como de lo que se haga con tasas de interés, cobre u oro.



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