La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha pasado de ser un conflicto regional a convertirse en el principal riesgo económico global de 2026, después de que Teherán cerrara el Estrecho de Ormuz y advirtiera que atacará cualquier barco que intente cruzar, poniendo bajo amenaza directa cerca del 20% del comercio mundial de petróleo y parte clave del gas del Golfo Pérsico. A los ataques cruzados sobre refinerías, oleoductos y terminales en toda la región se suma ahora la presión de Irán sobre los propios tanqueros, a los que estaría exigiendo pagos millonarios para permitirles salir de la zona, lo que refuerza la percepción de que el país busca usar la energía como arma geopolítica frente a Washington y sus aliados. En paralelo, los precios del crudo se han disparado: Brent ha llegado a bordear los US$100–110, algunos días por encima, y analistas ya hablan de un escenario de precios cercanos a US$120 si persiste el bloqueo de Ormuz durante los próximos meses, lo que implicaría una nueva ola inflacionaria mundial y un golpe directo al costo de vida. La Casa Blanca, con Donald Trump como presidente, ha dado a Irán un ultimátum hasta el 6 de abril para reabrir el Estrecho, mientras se intensifica el despliegue militar en el Golfo y crecen los esfuerzos diplomáticos de Europa, China y países del Golfo para evitar una escalada que pueda arrastrar a toda la región y golpear aún más a las cadenas globales de suministro. Desde la diplomacia económica, el mensaje es claro: el conflicto está reconfigurando las rutas energéticas, elevando el poder de negociación de productores alternativos y acelerando el interés por energías más limpias y seguras, al tiempo que aumenta el riesgo país en Medio Oriente y obliga a aseguradoras, navieras y bancos a recalcular sus exposiciones. El shock petrolero presiona al alza el costo de combustibles y transporte, encareciendo alimentos, logística y electricidad, en un contexto en el que el país ya tuvo que recurrir a reservas de combustibles por su propia crisis energética interna, lo que puede sumar presión sobre la inflación y sobre el tipo de cambio al dólar. Al mismo tiempo, la crisis refuerza la demanda de materias primas y energía alternativas, lo que abre oportunidades para productores latinoamericanos y eleva el atractivo de la región como proveedor más “seguro” frente a los riesgos del Golfo, favoreciendo potencialmente inversiones en infraestructura portuaria y energética en países como Brasil, Argentina… y, si se mueve rápido, también el Perú. Para la economía peruana, más caro el petróleo significa mayores costos para empresas de transporte, minería y agroexportación, pero también un contexto internacional propicio para reposicionar al país como plataforma confiable de exportación de minerales críticos para la transición energética (cobre, zinc, potencial de litio) y como socio responsable en temas ambientales, siempre que el Estado y el sector privado alineen una estrategia de mediano plazo que combine seguridad energética, diversificación de mercados y diplomacia activa en foros donde se discuta la estabilidad del suministro global de energía









