La guerra contra Irán no solo se libra en los cielos de Oriente Medio, sino también en los mercados energéticos y financieros mundiales. Los ataques a instalaciones petroleras y gasíferas, así como las amenazas de Teherán de cerrar o restringir el tráfico por el estrecho de Ormuz –paso obligado para cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del planeta– han disparado los precios del crudo y del gas en cuestión de días. El Brent ha alcanzado su nivel más alto en año y medio, y las cotizaciones del gas en Europa han registrado incrementos que no se veían desde la crisis energética derivada de la invasión rusa de Ucrania. Esta volatilidad se traslada rápidamente a las economías nacionales, amenazando con frenar la incipiente moderación de la inflación y encarecer de nuevo las facturas de electricidad, calefacción y combustible para hogares y empresas.

En Europa, organismos como el Office for Budget Responsibility británico y diversos centros de estudios advierten de que una prolongación del conflicto podría añadir varios puntos porcentuales a las facturas energéticas de los hogares y dificultar la bajada de los tipos de interés por parte de los bancos centrales. Gobiernos como el del Reino Unido ya han admitido que se enfrentan a un “shock económico” que puede obligar a revisar a la baja las previsiones de crecimiento y a la alta las cifras de inflación. A ello se suma el impacto sobre el transporte marítimo: el encarecimiento de los seguros, las restricciones de paso por zonas de riesgo y el desvío de rutas para evitar el Golfo aumentan los costes logísticos y pueden repercutir en los precios de bienes importados en todo el mundo.

Paradójicamente, algunos países productores de hidrocarburos, como Rusia, pueden beneficiarse de este escenario al vender su petróleo y gas a precios más altos, especialmente a mercados asiáticos como China e India, que buscan alternativas ante la incertidumbre sobre el suministro desde el Golfo. Sin embargo, para la mayoría de las economías importadoras –en Europa, Asia y América Latina– la guerra añade una capa más de fragilidad a un contexto ya marcado por tensiones geopolíticas, endeudamiento elevado y desigualdades sociales crecientes. En este sentido, la confrontación con Irán no es únicamente un episodio militar, sino también un factor desestabilizador para la economía global, cuyos efectos podrían prolongarse mucho más allá del cese de las hostilidades.

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