Para el liderazgo israelí, el conflicto actual no es solo una operación de represalia contra Irán, sino una oportunidad estratégica para intentar transformar de raíz el equilibrio de poder en Oriente Medio. Tras años de denunciar el programa nuclear iraní y la influencia de Teherán sobre milicias en Líbano, Siria, Irak y Gaza, el gobierno de Benjamín Netanyahu ha encontrado en la alianza militar con Estados Unidos la ocasión de lanzar un ataque de gran escala contra la infraestructura militar, misilística y de mando del régimen islámico. Fuentes de defensa israelíes han señalado que, una vez confirmada la participación directa de Washington, el escepticismo inicial de los mandos militares se transformó en entusiasmo ante la posibilidad de golpear simultáneamente decenas de objetivos críticos que, hasta ahora, solo se atacaban de forma puntual.
La estrategia israelí combina dos objetivos que se retroalimentan: debilitar de forma irreversible las capacidades militares de Irán –especialmente su arsenal de misiles balísticos y su aparato nuclear– y, al mismo tiempo, aprovechar la coyuntura para intentar “rematar” a Hezbollah en el Líbano. Desde la perspectiva de Jerusalén, la milicia chií libanesa constituye el brazo más peligroso del llamado “eje de la resistencia”, capaz de lanzar miles de cohetes contra territorio israelí y de desestabilizar la frontera norte. Por ello, la entrada de Hezbollah en la guerra –aunque fuera simbólica al principio– ha sido presentada internamente como la justificación perfecta para desplegar una ofensiva más amplia sobre territorio libanés, con miras a destruir su infraestructura militar y reducir drásticamente su capacidad de acción futura.
Sin embargo, este enfoque conlleva riesgos considerables. El optimismo que domina en parte de la clase política y militar israelí puede derivar en sobreconfianza, especialmente si se subestima la resiliencia del régimen iraní o la capacidad de Hezbollah para recomponerse con ayuda externa. Además, la intensificación de los bombardeos en Irán y en el Líbano incrementa el coste humanitario y puede erosionar el respaldo internacional, sobre todo en Europa, donde voces críticas alertan sobre la legalidad de la operación y sus posibles efectos desestabilizadores a largo plazo. Pese a ello, el discurso oficial en Israel insiste en que este es un momento “histórico” para reducir de manera decisiva las amenazas existenciales que el país percibe desde hace décadas, aun a riesgo de prolongar el conflicto y de entrar en una dinámica regional de consecuencias imprevisibles.









