La paralización del tráfico en el estrecho de Ormuz, consecuencia directa de la confrontación Irán–EE. UU.–Israel, ha puesto en evidencia la centralidad de esta ruta para la economía mundial y la fragilidad de la seguridad marítima en el sistema energético global. Este paso angosto entre Irán y la península Arábiga canaliza cerca del 20% del petróleo que se comercia por mar y buena parte del gas natural licuado procedente de Qatar y otros productores del Golfo, de modo que cualquier interrupción genera un efecto inmediato sobre precios y expectativas.

Tras los ataques iraníes contra buques y amenazas abiertas de “cerrar Ormuz”, gran número de petroleros y metaneros han optado por fondear o desviarse, mientras compañías navieras revisan sus rutas y los propietarios de carga evalúan costos y riesgos, con buques valorados en cientos de millones de dólares expuestos a misiles, drones o minas navales. En paralelo, las aseguradoras marítimas de Londres han elevado al máximo la clasificación de riesgo para las aguas del Golfo, retirando coberturas estándar y exigiendo primas de guerra adicionales, que multiplican el costo asegurable de cada viaje y se transmiten al precio final del transporte de hidrocarburos y mercancías.

Este encarecimiento del seguro y del flete se superpone al alza del propio petróleo y gas, configurando un shock doble de precios. Además, navieras globales de contenedores, como Maersk y CMA CGM, han reducido o suspendido operaciones en la zona, desviando barcos por rutas más largas alrededor de África, lo que incrementa tiempos de tránsito, demanda adicional de combustible y cuellos de botella en puertos de destino. La experiencia reciente de los desvíos por el Mar Rojo ya mostraba cómo la disrupción en un chokepoint puede encarecer costos y alimentar inflación en múltiples países.

Para el Perú, estrechamente integrado al comercio marítimo internacional como exportador de minerales, agroindustria y pescado, e importador de combustibles, fertilizantes y bienes de capital, el impacto de esta crisis marítima se siente por varias vías. Por un lado, una parte de los flujos de hidrocarburos que abastecen a refinerías y distribuidores peruanos se ve encarecida tanto por el costo del producto como por el flete y el seguro; por otro, el aumento generalizado de tarifas navieras puede repercutir en los costos de importación de maquinaria, insumos industriales y bienes de consumo, afectando márgenes empresariales y precios al consumidor.

Desde una perspectiva de política, la crisis de Ormuz resalta la importancia de la diplomacia peruana en organismos donde se discute la seguridad de las rutas marítimas y la libertad de navegación, así como la necesidad de diversificar cadenas de suministro para ciertos bienes críticos, reduciendo la dependencia de rutas altamente expuestas a conflictos geopolíticos. Esto es particularmente relevante para insumos como fertilizantes nitrogenados, donde la combinación de guerra, fletes altos y volatilidad energética puede golpear la agricultura y la seguridad alimentaria nacional.

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