Los bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel sobre Irán, el asesinato del líder supremo Jamenei y la respuesta iraní con misiles y drones contra refinerías saudíes, infraestructura de GNL en Qatar y ciudades del Golfo han convertido el estrecho de Ormuz en una ruta “casi intransitable”, con apenas unos pocos tanqueros cruzando frente a decenas diarios antes de la guerra. Este chokepoint concentra alrededor del 20% del suministro global de petróleo y una proporción aún mayor del comercio de GNL, especialmente desde Qatar, que ya ha suspendido producción en Ras Laffan tras los ataques. El Brent ha subido alrededor de 10–12% en pocos días (hasta la zona de 80–84 dólares), y los futuros de gas en Europa se han disparado entre 50–70%, aunque siguen por debajo de los máximos de 2022. Moody’s y el FMI advierten que, si el bloqueo y los ataques persisten, el shock podría elevar la inflación global y restar crecimiento, activando un escenario de “estanflación” (inflación más alta con actividad más débil), especialmente en Europa y Asia, más dependientes del Golfo. MoneyWeek y otros análisis resaltan que mercados y bancos centrales aún no han “entrado en pánico”, pero que cualquier tránsito hacia niveles de 90–100 dólares el barril o interrupciones prolongadas de GNL cambiarían rápidamente el panorama de tasas de interés.

La combinación de guerra interestatal directa (EE.UU.–Israel vs. Irán), bloqueo parcial de rutas marítimas críticas y ataques a infraestructura energética transforma este conflicto en un shock geoeconómico, no sólo de seguridad. A diferencia de crisis pasadas, EE.UU. llega como gran exportador de hidrocarburos y GNL, lo que le da mayor margen de maniobra, mientras Europa y Asia asumen el grueso del riesgo energético; esto desplaza poder relativo hacia Washington y refuerza la centralidad del dólar, aun en un contexto de debates sobre desdolarización. Si el conflicto se prolonga, el resultado probable es una economía mundial con precios de energía persistentemente más altos, crecimiento moderado e incentivos fuertes a acelerar cambios en matrices energéticas y cadenas de suministro.

Proyección para el Perú:

  • Economía peruana: el shock simultáneo de precios de energía más altos y volatilidad financiera encarece la factura de importación de combustibles y presiona costos de producción, en un momento en que la actividad ya es frágil; un contexto global de menor crecimiento podría moderar la demanda externa de nuestras exportaciones.

  • Comercio exterior: potencial mejora de términos de intercambio por cobre y oro más caros, pero con riesgo de caída de volúmenes si Europa y Asia entran en un ciclo de menor crecimiento y de nuevo ajuste industrial.

  • Precio de commodities: petróleo, diésel y GLP tenderán a encarecerse, lo que golpea transporte, agro y logística interna; el oro y algunos metales podrían sostenerse como refugio, favoreciendo exportaciones mineras.

  • Política monetaria: el BCRP enfrentará un dilema clásico de shock de oferta: presiones de inflación importada por combustibles y alimentos versus necesidad de apoyar la recuperación; es probable una postura más cauta en recortes de tasas y mayor énfasis en comunicación sobre inflación subyacente.

  • Inversión extranjera y estabilidad financiera: aversión global al riesgo puede generar salidas de capital de emergentes y presión cambiaria, pero el Perú parte de fundamentos relativamente sólidos; al mismo tiempo, la condición de productor de metales críticos puede atraer inversión en minería y proyectos energéticos si se refuerza el marco institucional.

  • Política exterior económica: el Perú deberá reforzar su postura en foros multilaterales sobre seguridad energética, libre tránsito marítimo y respeto al derecho internacional, buscando alianzas que aseguren acceso estable a combustibles y oportunidades para posicionar su oferta de minerales y agroexportaciones.

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